miércoles, 17 de agosto de 2011

8 meses

Ocurrió el 16 de diciembre de la suma de dos milenios y casi 120 meses. El martirio duró casi 42 días y sinceramente, sentía que cada vez su espíritu se alejaba más de entre nosotros. Aunque confiezo que en el rincón más profundo de mi ser escondía la esperanza de que si hacía las suficientes oraciones al día, su alma retornaría a nosotros. Solía imaginarme el momento en que el rubor reapareciera en esas mejillas ya algo arrugadas, por los años y el cansancio de tanto luchar. Recuerdo que esos últimos amaneceres apenas me miró o me dirijó la palabra, y yo que soy una egocentrista por aprendizaje pensé que tal vez YO habría hecho algo mal, que habría dicho lo incorrecto o ue tal vez estaba molesta conmigo porque no tenía las agallas para sincerarme y gritarle que no sería nada sin ella, que me ayudó a ser quien soy y que jamás la dejaría ir. Esa noche bajé al cuarto de baño que quedaba en lo que Isabel Allende llamaría "el corredor de los pasos perdidos", el lugar donde muchos pasamos horas de angustia,el suelo que recogió lágrimas de esperanza y albergó tantas caras, pero al fin y al cabo no era mas que un pasillo glacial y oscuro. Me senté en un rincón en busca de privacidad solo para tener una conversación de un solo emisor con Dios. No podría decirte que le dije, porque es algo muy nuestro y soy muy celosa cuando se trata de mi relación con el Supremo. Salí de allí lista para enfrentarme a lo que fuera, sentí que no estaba tan desolada después de todo y me senté a su lado mientra las manecillas del reloj se paseaban con gracia como las dueñas y señoras que son. Al contrario de un día normal, en el cual mientras caía la noche los anfitriones se hiban quedando solos en sus respectivas habitaciones, la suya se fue llenando de caras familiares que le lansaban un beso en el aire, besos que si no llegaron a su ya débil y extenuado corazón, no llegaron a ningún lado porque las máscaras higiénicas que todos usaban eran como la muralla china. Las malditas cosas y los guantes eran un martirio, hiban dos meses que no podía abrazarla o darle un beso, usar el calor que destilamos y mis energías para dejarle saber que todavía sentía, que seguía con vida. En fin, todas las caras familiares, pasaban por su lado, le lansaban besos y le gritaban con la mirada todo aquello que no tenían las agallas para decir. En un momento nos reunimos alrededor de ella y entonces susurró que era tarde, que estaba cansada y todos nosotros también debíamos estarlo. Nos invitó a marcharnos y dijo que nos amaba mucho, "gracias por estar aquí" . La última mirada que me dirijió todavía no tiene definición, era como si no lo estuviera haciendo, no se si representaba angustia o solo era la paz que sienten los que luchan hasta el final y quieren echar un último vistazo a lo que quedó de ellos en la Tierra. Lo que sé es que es una imagen imborrable, solo se que me dejó sin aliento y jamás lo comenté ...
Aproximadamente media hora más tarde me vi de vuelta en aquella habitación. Todo había terminado. No habían máquinas a la vista, ni sangre, ni si quiera se notaba que una persona hubiera vivido allí durante los pasados meses, solo se encontraba allí tendida y pálida, fría, pero en paz. Como cualquier loco que alguna vez adoró le dije adiós al viento y traté de tomarle la mano por última vez pero no pude. Así que di media vuelta y me fui con mis recuerdos, con las vivencias y las lecciones que algún día me regaló para nunca más olvidarle.

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